
En nuestro país, cualquier noticia buena es motivo de fiesta. Y al tener una buena noticia en el deporte más popular del mundo y en el propio territorio, es completamente normal que se instale, por algunos momentos, una celebración. Esta suele tener un cortocircuito de emociones que presentan el rostro más jubiloso de una nación que sufre por no tener buenas noticias tan frecuentemente.
En esa fiesta popular aparece el perfil del mexicano que describió Octavio Paz en su libro El laberinto de la soledad (1950), donde se deja de ser serio para convertir ese momento en un estallido; ahí, el individuo rompe con sus ataduras sociales para dar paso a su verdadera identidad sin analizar, sin ponerse a pensar si está bien o está mal.
El triunfo del seleccionado nacional ante Corea del Sur por un gol a cero el pasado jueves 18 de junio provocó que miles de aficionados activaran sus protocolos internos y emocionales de fiesta, haciendo que muchas plazas a lo largo y ancho del territorio se llenaran con el simple pretexto de festejar un partido ganado de manera fortuita y, con ello, el liderato del grupo A y su pase a la siguiente ronda.

Es un déjà vu constante: en México, cada triunfo de la selección en el Mundial se convierte en un carnaval improvisado. No importa si el partido apenas fue de fase de grupos o si el resultado no cambia nada en el camino hacia instancias mayores. La euforia se desborda en calles, plazas y avenidas como si se hubiera conquistado el campeonato del mundo.
La realidad es que, detrás de esos festejos desmedidos, los únicos beneficiados son los futbolistas, las televisoras y los comerciantes. Ellos capitalizan la pasión y el consumo, mientras la afición se conforma con gritar, beber y bailar sin que exista un verdadero análisis de lo que significa el resultado.
El pueblo se deja llevar por la emoción, festejando sin ton ni son, como si la victoria fuera un triunfo colectivo que nos sacara de nuestras carencias. Pero, en el fondo, lo que celebramos es un espejismo: un gol que no cambia la historia, una victoria que no nos acerca a la gloria y un momento que se apaga tan rápido como se encendió.

Quizá ahí radique nuestra contradicción como sociedad. Somos un desmadre porque confundimos la fiesta con el logro. Porque preferimos la euforia pasajera antes que la reflexión sobre lo que realmente significa ganar.
Y así, seguiremos llenando las calles de ruido contagioso y carnavalesco, aunque el verdadero silencio se escuche en las vitrinas vacías de títulos y escasas conquistas deportivas, mientras que en lo político y social nadie está a salvo de quemarse y ensuciarse porque, desde esa tremenda realidad que vive nuestro país, no hay tiempo suficiente para festejar algo, aunque en algunos lugares de privilegio digan lo contrario.


El cargo Somos un desmadre… / Por José Hermilo Amezcua JHAD apareció primero en Reporte 32 MX, El medio digital de México.




